La vida de una gata… desde mi punto de vista.

16 Septiembre 2009 2 comentarios

Llevo dos semanas metido en casa. Una contractura en los músculos del cuello me ha tenido apartado del mundo. Por suerte, los mareos han desaparecido y poco a poco mi vida vuelve a ser normal. Con un poco de “suerte”, en un par de días volveré al trabajo.

Todos estos días en casa me han servido para ganar un poco de peso (con lo que me costó perderlo hace un par de meses!) y para tener tiempo para mí, para pensar, navegar por internet, descargarme un par de series, leer, e incluso trabajar un poco desde casa. También he podido pasar más tiempo con mis dos mascotas: “Google” y “Luna”.

De “Google” no voy a hablar hoy. Solo diré que es un Labrador de pelo negro que desde hace un par de años vive con nosotros. Ahora mismo está echado a mi lado, sin perder de vista a “Luna”. Pero insisto, dejaremos a “Google” para otro día.

Luna
…mirada felina

De “Luna” trata mi primer artículo de mi blog. “Luna” es una gata siamesa, de unos 5 años y medio. Un día, estando comprando yo en Carrefour (que por entonces todavía daba bolsas), me pasé por la tienda de mascotas. Hacía unos meses que andaba dándole vueltas a comprarme una mascota para hacernos “mutua compaña”. Y entonces me fijé en la jaula de los gatos. Había 6 o 7 gatos siameses, de unos tres meses, todos apelotonados unos encima de otros. Excepto uno, que estaba sentado muy tieso, mirando al infinito, como tantas veces hacen los gatos.

Le pregunté a la dependienta, si eran gatos o gatas, y el precio. Y decidí llevarme uno. Bueno, una, porque todas eran gatas. Me dijo: “Elige la que más te guste”. Y ahí estaba yo, mirando a 7 gatitas idénticas. Solo una destacaba… la que estaba sentada, que cuando me vio acercarme, tranquilamente se dio la vuelta, me dio la espalda y siguió mirando… a nada. “Quiero esa”. Y así “Luna” acabó en mi casa.

Los primeros días estaba un poco nerviosa. Maullaba bastante, aunque muy bajito, como para no molestar. Y quería estar continuamente encima mía. Bueno, continuamente no. Si yo era el que la cogía, rápidamente ella se bajaba y se iba. Tenía que ser cuando ella quisiese ser cogida. “Vaya gata… que carácter…” Eligió mi casco como madriguera. Dentro de él se hacía un ovillo y dormitaba, dejando un rastro de pelos en el interior del casco que me obligaba a limpiarlo cada vez que lo tenía que usar.

Desde el principio durmió en mi cama. Aunque intenté hacerla desistir, ella fue más fuerte que yo. Podía bajarla de la cama 15 o 20 veces antes de dormirme, pero siempre amanecía dormida a mi lado. Fue entonces cuando le compré un collar con cascabel, por lo menos, para oírla ir y venir. Y poco a poco me desplazó de mi posición dominante y se autoproclamó Reina y Señora de la Casa.

Y a eso es a lo que voy: ¡Qué vida lleva! Todas la mañanas suena el despertador, y siempre me dejo 5 o 10 minutos “de margen”, que aprovecho para irme despertando poco a poco en la cama. “Luna”, a los pies de la cama, ni se inmuta. Me levanto y empiezo a vestirme, bajo la atenta mirada de la gata, que levanta un poco la cabeza y me mira con una expresión de “…¿pero dónde vas, hombre?!!!” Voy al servicio, y ella se levanta mientras y hace lo mismo: desde mi cuarto de baño la escucho entrar en su excusado, hacer sus necesidades y enterrarlas, que es muy limpia, la tía. Vuelvo al dormitorio a por el móvil, las llaves… y ella vuelve para volverse a acostar. Y para no volver a levantarse hasta mediodía!!!! Si vuelvo al dormitorio alguna vez durante la mañana, vuelve a mirarme con esa expresión de “…¿qué haces? Estoy dormida…”. Y así hasta las 14:00, hora a la que se levanta, come, bebe, se lava y sale al salón a verme. Entonces echa un vistacito por toda la casa, comprueba que todo está bien, pasa unas cuantas veces por delante de “Google” con actitud desafiante, y vuelve a acostarse. Esta vez, en otra habitación, “la de por la tarde”, y allí duerme hasta la noche.

Luna...21:44

Luna... 21:44

A las 21:00 comienza a existir una gata en casa. Después de beber y hacer sus necesidades, aparece por el salón, y encima de alguna silla o del sofá se sienta. Ya no duerme, sigue todo con la mirada, sin hacer ruido. “Google” a veces ni se da cuenta de que está por allí. Y así, mirando, observando, a mi lado siempre, va pasando la noche. Ya a las 23:00 o así, si me pongo cómodo para ver algún episodio de “Lost” o “House”, se levanta y tranquilamente se me sube encima, preferentemente en el pecho, si estoy en la “chaisse-longe”, y allí se queda hasta que decido irme a la cama. Momento en que me mira y espera que la coja y la suba a mi hombro para irnos juntos al lecho conyugal. Una vez allí, mientras me duermo, me lava un poco el pelo y luego se lava ella antes de dormir.

Y así un día, otro día, y otro, y otro… Si hace muchos años lo hubiese sabido, cuando “Pili y Tomás”, amigos de toda la vida de mis padres, me preguntaban qué quería ser de mayor, yo les hubiese dicho, sin dudarlo: “Quiero ser gato!”